domingo, 29 de junio de 2008

El fútbol que nos merecemos


El fútbol peruano se merece a Manuel Burga como presidente. No se le puede pedir más a un país que, en los últimos 25 años, eligió voluntariamente como gobernantes a sujetos como García, Fujimori, Toledo y que estuvo a apunto de optar por Ollanta Humala. Si estos ilustres personajes han definido el destino del país durante 3 décadas, no se entiende el escándalo que suscita la presencia de Burga al frente de la Federación, más aún, cuando su permanencia en el cargo se ha cocinado con los mismos ingredientes criollos utilizados por nuestros políticos. Burga es a Fujimori como Delfino a García, mientras que Juvenal Silva y José Mallqui vienen a ser algo así como los Toledos del fútbol.

Siendo el fútbol el principal producto de consumo popular que no genera bienestar alguno y que no cubre siquiera necesidades de autoestima o satisfacción colectiva, resulta incomprensible la cobertura que le dan los medios de comunicación en general, quienes terminan siendo uno de los pocos beneficiados del comercio y difusión de una actividad plagada de mediocridad e inmoralidad. Sin embargo y a pesar de los resultados paupérrimos que obtenemos desde el año 1985 a la fecha, el fútbol termina siendo el promotor de la efervescencia patriótica de los peruanos, expresada en una mala copia del fervor futbolero argentino y de lecciones históricas y cívicas mal aprendidas y, por supuesto, mal enseñadas.

No podían dejar de sumarse a esta cadena de desaciertos nuestros políticos, desde el presidente García al funcionario Woodman, pasando por congresistas ígnaros e ignotos. A un país que se acostumbró a 12 años de dictadura militar –sin que se procesara a una sola persona -, que convivió con el terrorismo, la hiperinflación, la destrucción de la institucionalidad democrática y soportó gobernantes esquizofrénicos, cleptómanos y beodos que sobrevivieron a la aceptación popular en color rojo fuego, le cuesta tomar acción frente a un tópico tan sensible e importante para el pueblo.

Para el gobierno intervenir el fútbol resulta ser, políticamente, más complejo que decidir poner en orden y restablecer el principio de autoridad en el transporte. No es más que un cálculo político que se debe medir y negociar como tal, no importando tanto el bien común sino la popularidad de la medida. Y claro, Burga y sus secuaces, se escudan en las faldas de esa señora poderosa llamada FIFA, que es la Mamá Grande de la corrupción deportiva mundial y de la que son conspicuos sirvientes y ayayeros y miden fuerzas con un gobierno temeroso a que esta instancia internacional los deje en el ridículo del destierro llamado desafiliación.

Los futbolistas y sus excesos e inmoralidades terminan siendo la parte más blanda y expuesta. La mayoría proviene de la pobreza y el infortunio, del hambre y la falta de afecto; por ello, al ser endiosados y al tener éxito fuera del país, donde por cierto, no pueden comportarse como suelen hacerlo en su terruño, regresan como los hijos pródigos a cobrar las facturas de sus complejos y frustraciones. Ellos son los gladiadores desnutridos que se enfrentan a los leones sudamericanos en una justa a la que solo estamos invitados como cebo. No tienen más culpa que la de no darse cuenta que son el lado visible de una estructura ineficiente y en estado de descomposición.


Ir al mundial es pura utopía y nos seguimos engañando cada cuatro años. Vivimos tiempos en los que se habla de crecimiento económico, de ser más competitivos para acceder a los mercados internacionales, de las grandes reformas del Estado, de la responsabilidad social de las empresas y demás temas que nos hacen pensar en un futuro diferente para el Perú. Sin embargo, el día a día nos ofrece muestras que nos regresan a la realidad de un solo cachetazo: precios que suben constantemente y sueldos congelados; revisiones técnicas vehiculares irracionales, peajes ilegales, contaminación ambiental irresponsable; muertes sin control en las vías urbanas y carreteras; construcciones inseguras; detenciones arbitrarias y discriminatorias; o, un Estado incapaz de reaccionar de cara a un desastre natural como fue el terremoto del sur, cuya población hasta ahora sigue viviendo las secuelas de la ineptitud e indiferencia de las autoridades responsables.