sábado, 18 de julio de 2009

El Micky del pueblo


Si una cosa me alegra de la partida de Micky Rospigliosi es que en el recuerdo colectivo del pueblo peruano han quedado grabadas la imagen del bailarín descuajeringado pero héroe al fin del programa “Bailando por un Sueño”, pero sobre todo, la del fiero gladiador que se enfrentó al peor de los rivales dándole batalla hasta el último suspiro de su vida. Micky se fue en olor a multitud, llegando a ser, sin habérselo propuesto, uno de los personajes más queridos, populares y admirados de la televisión peruana.

Curioso contraste de un logro obtenido en tan sólo un año de cara a una carrera como periodista deportivo con una data de 30 años en los que cosechó éxitos, reconocimientos pero también la exposición y desgaste de la imagen de una persona diferente al entrañable ser humano que supo mostrar en su último año de vida. Y es que Micky nació, creció y se desarrolló para ser periodista deportivo. No podía ser otra cosa siendo hijo del referente más importante de la historia del periodismo deportivo del país, el gran Alfonso “Pocho” Rospigliosi.

Micky heredó de su padre esa capacidad de ver y entender el fútbol, de adelantarse a las jugadas, de predecir circunstancias, de analizar lo que otros no podían ver, lo que lo convertía en un periodista distinto a sus colegas coetáneos que resultaron siendo en su mayoría muy buenos paporreteros de recuerdos, alineaciones y partidos sin trascendencia. Cuando después de una jornada futbolera se buscaba un análisis coherente y técnico de la fecha, resultaba indispensable oír los comentarios de Micky para comprobar que nos contaban historias diferentes y que su versión de los hechos calzaba con lo que habíamos visto. Por otra parte Micky tuvo el don adicional de ser un excelente narrador de partidos, divertido, intenso, con una gran imaginación y que sabía estremecer con sus relatos.

Su estilo frontal, directo y brutalmente honesto para decir las cosas lo convirtieron en una persona peligrosa a los intereses de determinados actores del fútbol peruano. Hace diez años Micky Rospigliosi, inició, desde su sanchopancesca figura, una quijotesca cruzada contra la incapacidad y corrupción de los dirigentes de la Federación Peruana de Fútbol y su red de periodistas encubridores, ayayeros y complacientes a los que no tuvo el menor reparo de llamarlos “mermeleros”, con la que cosechó la enemistad de un buen sector de la prensa deportiva, muchos de ellos nacidos y formados en Ovación, así como el veto y la presión política y comercial que le regalaron los hombres poderosos del fútbol local y sus lobbies. Nada de ello amilanó a Micky hasta que el tiempo, los resultados y destapes de la corrupción terminaron dándole la razón. Micky que nació como periodista en la etapa más brillante del fútbol peruano nos dejó compartiendo la pena y vergüenza nacional de ser los peores y últimos del continente.

Si bien su destino estaba delineado para ser lo que fue y asumió con responsabilidad el inmenso legado que dejó su padre, Micky, a pesar de su reconocida trayectoria periodística no llegó a consolidar su status como un referente del periodismo deportivo que perdurase en el tiempo como si lo hizo el gran Pocho. Micky pertenecía a otra generación y lo tuvo todo desde que nació, por lo que al ser un personaje público desde los 12 años, tuvo la sensatez de vivir su adolescencia con plenitud, con amigos y juergas, con harta playa y diversión. Le gustaba la buena vida y se supo dar los lujos que la prosperidad de su familia y su precoz experiencia laboral podían brindarle. No fue, pues, un apasionado compulsivo del fútbol como si lo era el inigualable Pocho y su apuesta fue más por ser una persona común y corriente. No obstante, y por propia confesión de Micky en el ocaso de su existencia, hubo rasgos en él que lo alejaban de la gente, que deformaba su imagen pública en una sociedad como la nuestra tan sensible a la arrogancia del poderoso. Y Micky transmitía en ciertas ocasiones, sin serlo, una postura soberbia, de todopoderoso, de patancito pituco que, por cierto, lo alejaba del sentimiento del pueblo por sus ídolos populares y que forzaba siempre una inevitable comparación con su padre que si bien no solía darse baños de pueblo y era más bien un tipo tímido y esquivo con la gente, tuvo el don de saber llegar al corazón del pueblo con la sencillez de su lenguaje, la entrega desmedida a su trabajo y por su política de nunca hablar mal de nadie.

Quizás por ello, no asumió plenamente el control de su empresa y confió en personas de su entorno que lo terminaron despojando más allá de lo material, de aquella marca que tanto le costó construir y consolidar a Pocho y a él mismo: “Ovación”. En esta parte, me permito compartir un almuerzo en el año 1998 de quien escribe con Micky, su primo hermano Tony que es uno de mis mejores amigos de toda la vida y otros dos grandes amigos en el que le planteamos el relanzamiento de la revista Ovación en un formato de publicación mensual. Lamentablemente el tema no se dio por diferentes razones pero me permitió conocer a ese Micky sencillo, criollo y, a decir verdad, muy hábil para los negocios.

La pérdida de la empresa y una serie de circunstancias negativas en su vida personal y su entorno familiar, nos mostraron a un Micky sensible, permeable y humano que se hizo más evidente y público cuando sostuvo un romance con una conocida bailarina situación que le abrió las puertas de los programas de farándula y las carátulas de los diarios populares. Esta fue una suerte de preámbulo a ese Micky del pueblo que se consolidó a raíz de su participación en el concurso de baile y en la forma ejemplar con la que enfrentó su enfermedad.

Hoy, todos hablan maravillas de Micky y le aparecen amigos por montones. Nadie más que él supo quienes lo fueron de verdad y el significado que tuvo su familia y ni qué decir de aquel ángel disfrazado de mujer que es Vanesa a la que todo el Perú quiere y admira.

Micky fue un predestinado, un ganador, uno de esos personajes que nace para estar en el corazón del pueblo como lo fueron Augusto Ferrando y por cierto nuestro querido Pocho Rospigliosi. Parecía que no lo lograría pero por suerte, dentro de todo lo doloroso que resultó su final, su último año de vida lo acercó al pueblo que hoy lo llora como uno de sus hijos más queridos.

Hasta siempre Micky.

10 comentarios:

Laura dijo...

Lindas palabras para un gran ser humano.

Micky venció a la adversidad y como bien dices ya es del pueblo.

Que descanse en paz

Anónimo dijo...

Micky logró ser un ídolo popular

Que haya paz en su tumba

Jorge Cuadros dijo...

Suscribo todo lo dicho en este impecable artículo

Roberto Castro dijo...

Micky no fue ni la suela del zapato de su padre y si bien es una pena la forma en que murió tampoco se le debe reverenciar por lo que no fue.

Anónimo dijo...

No hay muerto malo pero es verdad que Micky logrò meterse en el corazón de la gente en su último año de vida.

Claudia R dijo...

Me muero de pena por la muerte de Micky porque era tan joven y lleno de vida.

Anónimo dijo...

Grande Micky Corazón

Kenny R dijo...

No se quien eres o que cosa te alucinas pero tu artículo es un bodrio y una loa inmerecida a un personaje de baja estofa.

Dedicate a otra cosa

Anónimo dijo...

Kenny nos quien eres pero dedicate a hacer otra cosa y no poner comentarios monces

Lucía dijo...

Tienes un mail donde contactarte?
Te dejo el mio: lucia.arias.urizar@gmail.com

sls