martes, 7 de julio de 2009

Pasión por el sanguchón


Mis hijos suelen reírse (y sospecho que hasta burlarse) cuando les relato mis historias de niño, de un niño clasemediero de fines de la década del 60 y mediados del 70, claro está. Uno de los temas que les parece más cómico es el del único televisor de casa en blanco y negro, con tan solo tres canales con programación, vamos a decir regular (4, 5 y 7) y otros tantos irregulares y extravagantes (2, 9,11, 13), cuyo funcionamiento era a tubos los mismos que cuando se quemaban iban recortando la imagen hasta convertirla en un ridículo cubo o quedarse en la más absoluta oscuridad hasta que llegase, en su motocicleta, el reparador de sueños, alias el técnico electricista, con un maletín similar al de un médico en el que portaba los tubos de repuesto que devolvían la alegría a casa. No dejan de refocilarse hasta el borde de la incontinencia cuando les cuento que el televisor carecía de control remoto y que al prenderse debía calentar unos minutos para poder sintonizar la imagen y que todo nacía en un punto que se iba agrandando y que al apagarse era observado con nostalgia hasta que desaparecía lentamente llevándose con él toda la magia.

Otro tema que les resulta increíble es el hecho que la presencia de una botella de gaseosa en la mesa de nuestro hogar infantil tuviese un carácter festivo y poco frecuente. Una Coca Cola familiar (750 ml) en envase de vidrio se tomaba en fiestas, domingos o ante una inminente visita en casa. Cuando se compraba en familia los niños solíamos juntar los vasos de cada integrante del clan para medir el contenido con precisión, justicia y equidad.

Para los niños ya sonaba a aventura salir a dar una vuelta en el carro por el centro de Lima o a Miraflores. La mayoría de veces se trataba de tan sólo un paseo sin bajar del auto y con suerte se ligaba un helado. En circunstancias muy especiales como cumpleaños, aniversarios o día del padre o la madre, nuestros progenitores sin consultar a las bases infantiles optaban por ir a comer, generalmente, chifa, pollo a la brasa y en menor medida comida italiana o criolla. No obstante, las salidas a comer incorporaron un elemento intermedio entre la frugalidad del helado y lo opíparo del restaurante y era la tenue presencia en ese entonces de la cultura del sanguchito en una suerte de etapa prehistórica del fast food que nos domina en estos días.

Mis primeros recuerdos se remontan a la “Panadería Cúneo” ubicada en las primeras cuadras de la avenida Arenales, en donde servían en crocante pan baguette, una porción generosa de jamón inglés acompañada de una extraordinaria mantequilla. La simpleza del sándwich y la calidad de los insumos lo convirtieron en una parada obligatoria después de la misa de domingo en el centro de Lima. Siguiendo la ruta en la misma Arenales se ubicaban otras panaderías que ofrecían sabrosas opciones a nivel de empanadas, pastel de acelga y algunos sándwich como el “Malatesta” y “Belgrano” (que también tenían su zona de bar) el “Belgravia” y el "Cordano". El único local de la “San Antonio” ubicado en Magdalena ya gozaba de prestigio por su refinada pastelería y por sus sensacionales butifarras y empanadas de carne. Por su parte “Rovegno” en su local de 2 de Mayo en San Isidro, la rompía con su variada oferta de empanadas, pasteles salados, fugazas y pizzetas. La pastelería “Montserrat”en el Olivar de San Isidro gozaba de fama por sus exquisitas empanadas de carne al igual que “Elio Tubino” en Miraflores y “Herbert Baruch” en Jesús María. El “Cordano” y el “Queirolo” ubicados en el centro de Lima alternaron desde un principio su oferta de comida servida y el bar con sus excelentes butifarras y sánguches de jamón del país. “El Juanito” de los Casusol en Barranco también tuvo una oferta similar.

Entrando más al tipo de sánguche de sabor nacional un local que tuvo gran éxito en la década del 70 fue “El Fogón” ubicado frente al cine Colina en la calle Berlín en Miraflores. Su carta de sánguches de asado, lechón y chicharrón acompañados de zarza criolla y camote frito eran de campeonato al igual que las humitas verdes, los picarones, postres criollos y su reputada chicha morada. En esa misma línea pero en otros barrios se dan a conocer el “Palermo” en Balconcillo y Jesús María reconocido por su jamón del país, butifarras y helados; “El Chinito” ubicado en el cruce de Zepita con Cañete en el centro de Lima famoso por sus pantagruélicos sánguches de pavo, lechón, lomito ahumado y jamón del norte. Aparecen en el mercado nuevas alternativas como el “Oscar`s” ubicado en Comandante Espinar en Miraflores y trasladado luego al cruce de Arica con Angamos que era célebre por sus afamados sánguches de pollo; y otras que se especializaron en atender hasta altas horas de la madrugada a los juergueros de aquellos tiempos que combatían los estragos del alcohol con monumentales sánguches de lechón, pavo, jamón del país en el “Macuito” y “Tejadita” en Barranco y el “Macario” ubicado en la avenida Ayacucho en Surco, sin olvidarnos, por supuesto, del sanguchón de pollo con sabor a brasa y harta mayonesa que se consumía en “El Pollón” en el cruce de Salaverry con el parque de la Pera del Amor. Otros del mismo corte eran “El Peruanito” en Miraflores y “La Rueda” en las primeras cuadras de Javier Prado Oeste cerca de la avenida Brasil muy exitosos y que contaban con una variada oferta de sánguches siendo el de lechón el mejor de ambos locales. En cambio la oferta del “Mario” situado en la calle Washington al costado del cine Tauro era más sofisticada pues consistía en carnes de cerdo, res y una inmensa variedad de salchichas y chorizos todos ellos marinados que le daban un sabor sensacional. Ya que hablamos de sanguchones a la salida de los cines no podemos dejar de mencionar esos deliciosos panes que se comían al costado del cine Country en lo del croata de nombre raro.

Dos locales marcaron la diferencia por lo original tanto de su propuesta física como por la variedad de su pizarra. La primera de ellas fue “La Casita”que era un kiosco de madera ubicado en el cruce de Schell con Los Pinos en Miraflores regentado por una pareja de argentinos que vendían unas deliciosas hamburguesas en un delicado pan de yema que se acompañaban con una variedad de salsas sin precedentes en el mercado sanguchesco de Lima acostumbrado a la mayonesa, ketchup, mostaza, ají y cebolla (tártara, golf, aceituna, palta. queso azul, chimichurri, pickles, huancaína, ocopa, entre otras). También popularizaron la venta de salchipapas al paso. El otro local enigmático es “Mi Carcochita” que se inició en un kiosco ubicado en la calle Julio C. Tello en Lince muy cerca del cine Ambassador, en donde se podía encontrar una gran variedad de sánguches, salchipapas en porciones monumentales y sobre todo los tacos mexicanos en una versión acriollada que tuvo mucho éxito. Hablando de tacos cabe hacer un rápido recuerdo a un par de kioscos ubicados en el cruce de Berlín con Bolognesi en Miraflores a espaldas del Super Epsa y otro ubicado en la esquina de La Marina con Escardó que se decía que eran de propiedad de mexicanos y donde se comían unos tacos de lujo. En la cuadra 24 de Petit Thouars en Lince funcionaba “Pavos Santa Mónica” especializado obviamente en sánguches de pavo que tenían mucha demanda y muy cerca de ellos estaba “Aurelia” que vendía pastas pero que tenía un pan con chicharrón de leyenda y unas cuadras más atrás el Levaggi que tenía un pastel de acelga de colección.

A fines de la década del 70 hacen su aparición por la avenida Pardo en Miraflores los primeros carritos sangucheros que eran conocidos como “Cheffer” que vendían hamburguesas que se podían acompañar con queso y huevo y sánguches de pollo con muchas salsas y con la novedad de las papitas al hilo. Todo un éxito a la salida del cine Pacífico cuando las monedas eran escasas para empujarse alguito.

Las otras alternativas sanguchonescas estaban enmarcadas más hacia el modelo americano del snack bar y eran opciones más sofisticadas y caras. Uno de los pioneros fue el “Davory” de Miguel Dasso en San Isidro en donde no sólo se consumían deliciosos helados y milk shakes sino un sándwich de pollo fenomenal. Otro con un local más grande y en el que te servían la comida a los autos estacionados en una bandejas que se sujetaban en el vidrio de la puerta (misma película gringa) era el “Tip Top“ primigenio ubicado en el cruce de Arenales con César Vallejo en Lince y que luego abrió un segundo local en Miraflores en lo que hoy es el Pardo Hotel. Eran de antología en el Tip Top el club sándwich, el tiptoprella que era un mixto gigante con una capa de pollo con mayonesa y cubierto de una manta de queso mozzarella y el hot dog kilométrico. Del mismo corte y concepto que el Tip Top, fueron el “Bar B&Q” situado en el ovalo Gutiérrez, famoso por sus helados zambito, hamburguesas y papas; el “Tambo” establecido en la avenida Arequipa a media cuadra del en ese entonces Teatro Leguía y del cine Roma que tenía una variada lista de hamburguesas de muy buen tamaño y excelente sabor y el “Oh Que Bueno” en San Antonio, Miraflores. Sin embargo, la primera cadena de comida rápida americana que se estableció en Lima a mediados de los 70s fue el Mac Tambo que abrió 3 locales: el primero en Comandante Espinar, otro en la calle Berlín en la esquina del Fogón y un tercero en Manuel Bañón en San Isidro que se llamaba Mac Pollo. El concepto del Mac Tambo era similar al de los locales de fast food de estos días, incluida la decoración con provocativas gigantografías luminosas de las hamburguesas y hot dog que vendían y la atención desde el mostrador. En general, los productos de Mac Tambo eran muy buenos.

Las cafeterías tenían también su espacio en el rubro de los sándwich y existía una serie de alternativas entre ellas el aun vigente “Haití” y su afamado club sándwich en el ovalo de Miraflores, el “Manolo” en su primer local en Diez Canseco frente a la Iglesia del Parque Central de Miraflores famoso por sus churros pero con una amplia gama de bocadillos españoles y mediterráneos y su muy celebrado sándwich de mozzarella y el Cherry`s ubicado en 2 de Mayo en San Isidro y en Larco en Miraflores con una simpática lista de sándwich fríos y triples. Palabras mayores eran el “Solari” y la “Tiendecita Blanca”. Cerca al Manolo en Diez Canseco casi en esquina con Larco, funcionaba el “Boom” reconocido por su torta de chocolate y el club sándwich. A fines de los 70s se abre el “Montebianco” en la avenida Pardo a la salida del cine El Pacífico y se gana el respeto de una concurrencia más pudiente con su oferta de helados en artísticas copas y sus sofisticados sándwich al plato y con papas fritas.

Ya entrados los 80s se hacen un nombre en la ciudad el Lucianos Burguer en la avenida Arequipa en Lince, el “Pops” en la Primavera cerca al puente de la Panamericana Sur, el Bon Beef en el centro Camino Real en San Isidro, el “Whattaburger” en la calle Grau con Pardo en Miraflores, el “Wolffies” en el primer ovalo de Pardo en Miraflores, el “Grease” en el centro comercial de Chacarilla y el “Silvestre” en Conquistadores en San Isidro y en Benavides en Miraflores al costado del Mediterraneo Chicken y en donde se vendían productos diéteticos (jugos, yogurt e incluso sándwich).

La relación de los locales que se mencionan en este artículo son simplemente asociados a los recuerdos de quien escribe y es obvio que se han omitido una serie de negocios que existían en esos tiempos pero que se escapan involuntariamente de nuestra memoria. A pesar de la agresividad del comercio de la comida rápida al estilo americano aun puedo constatar con mucha alegría que en los barrios de Lima siguen vigentes los locales que venden ese sanguchón peruano que tanto nos gusta con salsas, cebolla y bastante ají.

5 comentarios:

Rosario G dijo...

Que lindos recuerdos y cuanta nostalgia encerrada ante un tema tan simple como los sanguches en Lima. Faltó recordar que las panaderias empezaron a vender tamales los domingos y luego chicharron.

Martin dijo...

Hasta en estos recuerdos todo tiempo pasado fue mejor. Nunca olvidaré esas noches en el Fogón con mi familia en pleno comiendo esos deliciosos panes de asado y los picarones. Si no me equivoco el Fogón era de un señor Travezan que tenía unas hijas buenotas.

Y también me acuerdo de las tortas que compraba mi mamá en Montserrat del Olivar y los alfajores eran muy ricos.

Diana dijo...

No olvidar los riquisimos sanguches de El Farolito en Lince que son servidos en gran tamaño y que tambien llevan años.

Fernando Valencia dijo...

Es el mejor recuento de puntos de sanguchones que he leido.

Felicitaciones, no conocía el blog pero me han gustado mucho los artículos.

claballeru dijo...

Esas "Cheffer" q me compraban de niño a la salida del "Sears" de San Isidro han sido las mejores de mi vida! Qué Miami, Londres o Sidney...en verdad, me prevé que serían un boom en estos tiempos. Si alguien sabe como poder ubicar a los dueños o a quien tenga la patente de la receta original, x favor contáctenme.

Lo espero! 👹👍🏼

Claudio.